Miguel Cruz
Cuando tenía cinco años, la dinámica en casa era peculiar: mi padre era panadero y trabajaba de madrugada, por lo que necesitaba descansar durante el día. Para mantener el silencio mientras mi madre se ocupaba de las tareas del hogar, me dejaba frente al televisor. Pero en lugar de ver dibujos animados, yo me quedaba hipnotizado viendo los conciertos de música clásica de La 2.
Poco después llegó a mis manos mi primer teclado, un humilde PT-1. Mis padres pronto se dieron cuenta de algo poco común: cualquier melodía que escuchaba, era capaz de tocarla de oído casi al instante. Ahí saltó la chispa. Pensé: «Si soy capaz de reproducir esto, ¿por qué no voy a ser capaz de inventar mi propia música?».
Pero la música, tan bella como la vida misma, no siempre te lo pone fácil. Siendo honesto, al principio mis composiciones eran tremendamente personales; no encajaban en un mercado que obedece a las frías demandas de cada etapa. Me llevó mucho tiempo aprender a esculpir mi obra, a canalizar mi creatividad para transmitir el contexto y los conceptos exactos que requería una historia.
Hoy, tras un largo camino de evolución, esa búsqueda ha llegado a su madurez. Al fin, mis composiciones son piezas totalmente profesionales y versátiles, diseñadas para adaptarse con precisión milimétrica a cualquier tipo de proyecto de alto impacto: ya sea la épica del cine, la profundidad del teatro, narrativas audiovisuales de cortometrajes, anuncios publicitarios televisivos o la inmersión total en los videojuegos.
La creación musical sigue siendo la magia que me permite vivir con pasión. Hace que todo tenga sentido a mi alrededor y me hace sentir verdaderamente vivo.
«El único motivo por el que puedo sentir esta sensación absoluta de felicidad es el abrazo de mi hijo Noah. La vida con él, es mi vida.»
— El motor de Cruzlonia